sábado, 25 de julio de 2009

Shade, el hombre cambiante, de Peter Milligan







Hablar de Shade el hombre cambiante no es fácil, así que iré por partes.

Se trata de una serie perteneciente al sello Vértigo de DC Comics, basada en un personaje creado por Steve Ditko y adaptado para ésta por Peter Milligan, autor británico que se mantuvo encargado del guión a lo largo de los setenta números que vieron la luz antes de que la serie fuera cancelada. En el apartado gráfico muchos fueron los artistas que pasaron por sus páginas, siendo posiblemente el más destacado de ellos Chris Bachalo.Publicada entre 1990 y 1996 en Yankilandia, en nuestro país Planeta ha acabado por editarla de forma íntegra en 17 tomos, todavía disponibles.

Shade nació en plena época dorada del sello Vertigo, conviviendo junto a series que le arrebataron gran parte de la atención del fandom; series como Sandman, de Neil Gaiman o Preacher, de Garth Ennis. Curiosamente en nuestro país ha sucedido algo paralelo, ya que mientras que Sandman o Predicador eran publicadas por entero e incluso gozaban de varias ediciones, Shade sólo merecía dos prestigios Zinco hasta su relativamente reciente edición íntegra a cargo de Planeta. ¿Puede explicarse esta desigual atención por parte de editores y aficionados? Quizás su premisa argumental aporte información al respecto:

Shade es un joven poeta romántico que es enviado a la Tierra para poner freno a una oleada de locura que amenaza no sólo a este planeta sino también a la dimensión de donde nuestro protagonista proviene, llamada Meta. Para llevar a cabo su arriesgada misión, Shade cuenta con un chaleco de locura con el que puede moldear la realidad a su antojo.
Desafortunadamente las cosas no le resultarán fáciles. Su cuerpo físico muere al poco de caer en una dimensión intermedia entre Meta y la Tierra, llamada el Área de Locura, y por lo que respecta a su mente ésta va a parar al cuerpo de un asesino, Roy Drezner, recientemente ejecutado en la silla eléctrica por haber asesinado a sangre fría a los padres de Kathy, una joven de la que Shade acaba enamorándose y cuyas facultades mentales están seriamente perturbadas desde el día que descubrió los cadáveres de sus padres y presenció cómo su novio afroamericano era abatido por la policía en un malentendido donde el racismo sureño tuvo buena parte de culpa.


Sí, en efecto. Rocambolesco. Surrealista.
Pero no os dejéis llevar a engaño. Aunque la locura, la irracionalidad y un discurso surrelista ocupan siempre un primer plano en la vida cotidiana de Shade, la serie trata fundamentalmente de un tema que obsesiona a Milligan especialmente y que no es otro que el de la identidad personal. ¿Quiénes somos? ¿Cómo definirnos? ¿Llegamos realmente a conocernos? ¿Cómo nos afecta el cambio?
A pesar de que la Shade presenta unos orígenes que residen en el género superheroico es en manos de Milligan cuando la serie cederá un protagonismo indiscutible a la definición y la caracterización de los personajes, características éstas quienes se constituyen como las responsables de articular las distintas líneas argumentales. Y es que Shade el hombre cambiante es una serie de Personajes. Sí, con mayúscula.
Aquí Shade es el centro indiscutible. Y lo de "cambiante" no es gratuito, ni mucho menos, ya que el protagonista se encuentra en un constante desarrollo psicológico y personal que se concreta en diversas manifestaciones que conllevan transformaciones de índole física explicables por sus aptitudes a la hora de modificar la realidad. Cinco serán los Shades que veremos pasar por las páginas de la serie y que necesariamente confieren a la historia un dinamismo inusual respecto a otras colecciones adscribibles al sello Vertigo.


Sin embargo no sólo Shade atrae el interés del lector ocasional. De hecho en más de una ocasión Milligan hace todo lo posible por que sintamos antipatía e incluso repulsión por los actos del personaje, en consonancia con sus cambios de personalidad. Pero ahí es donde entran los secundarios que acompañan a Shade en su búsqueda particular, referida a la comprensión de la naturaleza de la locura. Y son los personajes secundarios quienes, aun en la extrañeza que se supone a cualquiera con la valentía o la inconsciencia de hollar los desconocidos senderos por los que transita nuestro protagonista, acaban por ganarse un lugar en nuestros corazones, ya que es en ellos donde quizás el lector tiene más fácil sentirse identificado en tanto que sus problemas son los que éste ha tenido, tiene o espera tener algún día. En esta galería de personajes estaría Kathy, de la que ya he hablado un poco más arriba; Lenny, una joven bohemia, bisexual, amoral y con un gran ingenio; Shimmy, un joven que se define a sí mismo como una obra de arte viviente; Pandora, quien parece personificar al personaje mitológico sólo que adaptándolo a la realidad norteamericana de los noventa; y otros varios de los que prefiero no hablar a fin de no espoilearos la historia.



John Constantine apareció en la serie (Milligan no podía ocultar su interés por un personaje y una serie que actualmente guioniza en los USA)



Bien, sigamos con el amplio espectro temático que intenta abarcar la serie.
Para empezar y como telón de fondo tenemos a la Norteamérica de principios de los noventa. Con ella, la iconografía al uso, donde la carretera detenta un papel importante unido a la idea de libertad. Todavía se perciben trazas del espíritu fronterizo del XIX. El Sueño Americano ahogado en sangre y corrupción.
Ya hemos calentado motores.
Descendamos al hombre. La personalidad y sus elementos constitutivos. El yo y los otros. Lo extraño. La moral. La amistad. El sexo. La violencia. Conflicto entre lo racional y lo irracional. La imaginación. La creatividad. El Arte y el artista. La vida y la muerte. Ciclos vitales: infancia, adolescencia, madurez, vejez.

¿Algo más? Seguro que sí. Con todo ésto me gustaría que os hiciérais una idea de la complejidad temática que presenta la obra. No es mero entretenimiento. No es simple evasión. Primero requiere que el lector se esfuerce en entrar en el juego de Milligan, que se deje arrastrar por el envoltorio y la dinámica surrealistas de la historia. Una vez aquel se sumerje en la corriente de locura, la misma que lleva al protagonista a ignotas regiones del inconsciente colectivo, todo es cuesta abajo, si bien continuamente el lector caerá en reflexiones en torno a algunos temas cuya sola presencia ya es digna de mención en la medida de que no suele ser habitual incluso en obras dirigidas a un público más adulto como fueron y son las englobadas en el sello Vertigo.

Con ésto no quiero decir que sea difícil leer Shade. Puede costar un poquito al principio, pero incluso en la más rocambolesca de las tramas Milligan pone de su parte al final de cada una para explicarnos de qué iba todo en realidad. Este hecho junto a que constantemente nos recuerdan los cambios recientes por los que han pasado los distintos personajes hacen que la serie sea accesible.

Setenta números pueden parecer muchos (de hecho lo son), y ha de reconocerse que la serie no consigue mantener la atención del lector de forma constante. El ritmo es excelente hasta el número cincuenta, para a continuación decaer y, en los últimos números volver a remontar. ¿A qué puede deberse el bajón? Parece que aquí Milligan, aun introduciendo personajes sin los cuales no se podría entender una parte sustancial del personaje principal y de la historia en general, alargó subtramas apenas relevantes para el conjunto, estirando una premisa básica que hasta el momento había funcionado muy bien. En pocas palabras, empezamos a encontrarnos con paja. Y no es hasta los últimos números cuando el guionista decide plasmar sobre el papel un desenlace que bien pudiera tener esbozado desde el principio. Un final no especialmente original, pequeño de acorde al enfoque humano que prima en esta última etapa de la colección pero que, todo sea dicho de paso, le deja al lector una buena sensación.


Pasemos al apartado gráfico.
Chris Bachalo es, sin lugar a dudas, el artista a mencionar entre todos los que pasaron por las páginas de la serie. Primero porque es quien lleva a cabo un trabajo más efectivo, segundo porque es uno de los que más tiempo permaneció en la colección, y en tercer lugar porque poco tiene que ver lo que hizo para Shade con las obras que desarrollaría después. Contra su barroquismo actual Chris se muestra contenido en esta serie y, lo que es más importante, narra con bastante acierto, una habilidad que en algún momento posterior de su carrera, desafortunadamente, perdió.
Pero dejando de lado a Bachalo, uno de los puntos flacos con los que cuenta Shade es, precisamente, los lápices y/o las tintas. Algunos de sus dibujantes y entintadores, especialmente a partir de los números siguientes al cincuenta, perpetraron un trabajo que a menudo lleva al lector a preguntarse cómo se habría visto la serie de haberla encargado a otros artistas.
Mención aparte merecen las excepcionales portadas de Shade, ilustradas por autores como Brendan McCarthy, Jamie Hewlett o Duncan Fegredo.

Con todo Shade es una obra interesante y original, posiblemente una de las mejores de su guionista, Peter Milligan.

Scalped, de Jason Aaron y R.M.Guéra

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Reconozco que leer al capullín de Garth Ennis en la introducción del primer tomo recopilatorio de Scalped alabando las excelencias de su guionista, el Jason Aaron, y poniendo de relieve su procendencia yanki en un mercado, el del cómic norteamericano, donde hubo un tiempo que fueron "brits" (o irlandeses) los guionistas "hot", me puso sobre aviso. Aquello no me pareció garantía alguna de lo que estaba a punto de leer fuera necesariamente a gustarme, y más teniendo en cuenta que había leído una historia en dos partes de Hellblazer guionizada por el mismo autor y que, a pesar de prometer mucho me dejó con un mal sabor de boca. Pero el tema me interesaba lo suficiente como para darle una oportunidad así que...


A Scalped uno puede sentirse tentado de definirla como una especie de Los Soprano con nativos americanos como protagonistas. No está muy lejos de la realidad, aunque con ello no le estaríamos haciendo ningún favor al cómic que tenemos entre manos. Porque Scalped ofrece mucho más que un simple culebrón de mafiosos. Y ni por asomo tiene el tono jocoso de la serie televisiva. Scalped estaría a medio caballo entre el noir (fijaos si no en los guiños que hace en los nombres de los personajes) y el thriller, aunque en su planteamiento tienen cabida elementos de crítica social sumamente atractivos en cuanto desconocidos para una parte importante del público.



El pasado tiene buena parte de responsabilidad en lo que le sucede al protagonista indiscutible de la serie, Dashiell Bad Horse, un tipo duro que regresa quince años después a la reserva india que le vio nacer para acabar consiguiendo un trabajo dentro del cuerpo de policía tribal, a sueldo de Red Crow, jefe de la tribu Oglala y poco escrupuloso "hombre de negocios" que está a punto de inaugurar un casino en la región. Allí Dashiell reencuentra a su madre, una activista pro-derechos nativos que estuvo implicada en el pasado en un tiroteo en el que murieron dos agentes del FBI y en el que también participó Red Crow, y con la que ha perdido toda relación.
A pesar de que la serie se centra en las turbias actuaciones de Red Crow en su empeño por conseguir una imagen pública de la reserva adecuada a sus intereses personales centrados en el casino, que a su vez enlaza con todo ese mundo de la mafia al que antes hacía alusión, Scalped ofrece mucho más que ésto.
Es la historia de un individuo enfrentado a una familia que representa las tradiciones de un pueblo del que nunca se sintió miembro. Es la lucha de un pueblo por salir del miserable estado en que se vio sumido después de trabar contacto con el hombre blanco. Son las pequeñas historias del día a día de la gente que vive en una reserva, insignificantes, miserables... y que conforman un cuadro tremendo para aquel no familiarizado con dicha situación.
Además Scalped es una historia de personajes. Aunque Dashiell acapara buena parte del protagonismo, la serie no sería la misma sin los complejos retratos psicológicos de varios otros personajes, como el propio Red Crow o el de la madre de Dashiell, Gina Bad Horse (la madre de Dashiell), Catcher (un extraño nativo perseguido por los fantasmas del alcohol y que guarda un vínculo especial con las tradiciones de sus ancestros), Diesel (que tuvo que luchar desde que era un niño contra los prejuicios de blancos y nativos dirigidos contra sus padres, una pareja interracial, y que se muestra sumamente orgulloso de una ficticia identidad nativa-americana), Fritz (un agente del FBI con más de un secreto)... En Scalped no hay buenos ni malos, sólo personajes definidos por una escala de grises.
La serie tiene un ritmo envidiable, múltiples incógnitas que poco a poco se van desvelando y sorprendentes giros argumentales que, junto a la variedad de temas que toca la hacen más que recomendable y la constituyen como uno de los mejores productos Vertigo que actualmente se publican.
En el lado negativo tan sólo una apreciación personal que tiene buena parte de expectativa defraudada, que no es sino el hecho de que de momento la serie está dejando de lado buena parte del potencial cultural nativo-americano.
Por lo que respecta al dibujo, prácticamente exclusivo de R.M.Guéra después de tres tomos recopilatorios yankis, le va como anillo al dedo al tono "sucio" de la serie, aunque quizás podría ser mejor en cuanto a la narrativa de las escenas de acción.

Reseñas relámpago I: El Cazador

De vuelta por aquí. Sería estupendo retomar este blog con una de esas reseñas positivas que reivindican el cómic como medio. Pero será otro día. Sip. Hoy toca una serie que ya lleva varios números en Yankilandia pero de la que servidor no ha podido pasar del número:


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A El Cazador le falta todo lo que debería tener un buen cómic de piratas: Aburre al muerto que va en el cofre de los doblones, los actos de violencia salen del plano de la viñeta y, aunque tímidamente echa por tierra algunos tópicos del género en sus primeras páginas (en lo que más bien parece un guiño al lector novel) acaba siendo protagonizado por la Geena Davis de turno. Eso sí, el apartado gráfico sería soberbio de ser más dinámico. O sea, un cómic de piratas digno de ser pasado por la quilla sin miramiento alguno.

Life Sucks, de Jessica Abel y Warren Pleece

Yep. Cuánta razón llevan Jessica Abel y Gabe Soria, escritores de este Life Sucks, novela gráfica editada por First Second Books.




Odio hacer lo que estáis a punto de leer. que no es sino efectuar una aun más odiosa comparación que pretende situar un poco el carácter de la obra. No se me ocurre peor manera de empezar una reseña, jeh, pero es que no puedo evitarlo. Life Sucks recuerda a Clerks, del justamente denostado Kevin Smith, sólo que pasado por la óptica de..., no sé..., World of Darkness, una ambientación de rol donde lo sobrenatural convive con nuestra mísera y mortal realidad.
Porque Life Sucks nos presenta a Dave, un chaval que tiene la mala suerte de trabajar en el turno de noche de un 7-11 de Los Angeles. Porque el curro es de mierda, para qué nos vamos a engañar. Y porque no tiene más cojones que hacerlo. Llegados a este punto os preguntaréis por qué Dave no presenta la dimisión. Bueno, quizás es porque su jefe le ha convertido en uno de sus niños... Ah, sí, se me olvidaba. Su jefe es un vampiro, y Dave... también. Alguien tiene que ocuparse del turno de noche, no?
Pero la cosa no se queda aquí, oh-no. Dave está colgado de una chica. Una mortal. Gótica. Que sale con otro tipo. Otro de ésos. Un gótico. Y Dave odia todo lo que conlleva ser parte de esta tribu urbana. De hecho parece que el mundo vampírico se toma bastante a cachondeo a cualquiera que forme parte de sus filas.


Cuánta verdad...



Life Sucks podría ser definido como un slice of life con bastante sentido del humor. Es evidente que posee un matiz fantástico que le desmarca de otras obras englobables dentro del género, pero éso no quita que el elemento cotidiano y "real" mantenga una posición principal en la presentación de la trama. De hecho llega un punto en que el lector se olvida de que el tierno adolescente con cara de niño no es sino un vampiro, como gran parte de las personas con las que se relaciona, y se encuentra después de todo leyendo un cómic basado en relaciones personales.
Life Sucks llamará la atención de todo fan de lo fantástico por la disección del subgénero "de vampiros" que lleva a cabo. Toda convención sobre el mismo tiene todos los números de acabar en el váter, pero al mismo tiempo son reconocibles numerosas referencias freakies que sin duda disfrutaréis si os gusta un poco el tema. Para que os hagáis una idea, Dave es vegetariano, lo cual le granjea no pocos problemas entre sus allegados no-muertos, y que a su vez se refleja en aspectos cotidianos que son los que garantizan cierta veracidad a un tema que a priori cae dentro de la fantasía.
La historia posee un ritmo envidiable, donde el humor que se manifiesta en los diálogos y en las situaciones a las que da lugar la trama tiene un papel destacable.
A Jessica Abel la conocíamos ya algunos por La Perdida, novela gráfica de ligera inspiración autobiográfica que nos presentaba a una joven que, buscando sus orígenes, llega hasta México, obra que le valió un Harvey en el 2002; y por Escaparate, una recopilación de historias cortas que exhiben un manifiesto gusto por lo cotidiano y las relaciones personales. Así que os imaginaréis el paso que supone la co-creación, con Gabe Soria, escritor de weird fiction que se destapa aquí con su primera novela gráfica, de esta obra que tenemos entre manos.

El dibujante de Life Suks es Warren Pleece, autor que ha trabajado fundamentalmente para diversas colecciones de la línea Vertigo de DC (Dead Enders, 2020 Visions, Mobfire...) y que nos ofrece un trabajo bastante correcto, en especial por lo que respecta a la narración.
En definitiva, Life Sucks es un cómic entretenido y divertido, alejado de los cánones del slice of life más convencional en la medida que introduce un elemento fantástico interesante que, oh magistralidad, casi pasa desapercibido ante los innumerables quebraderos de cabeza que se lleva el protagonista intentando ligarse a su encantadora aunque convencional gotiquilla. Con una tónica lo mejor que podéis consumir para combatir el calor.

Algunas páginas del tebeo, en la web de la editorial.
Breve reseña y caricaturas de los creadores en la web de Jessica Abel.

La isla de nunca jamás, de Javier de Isusi



A veces, el discípulo supera al maestro. Como con Javier de Isusi y Hugo Pratt. Vasco y Corto Maltés.
En La Isla de Nunca Jamás, Javier de Isusi retoma las aventuras de su consumado viajero, Vasco, en busca de su amigo Juan, desaparecido años atrás en tierras latinoamericanas. La última vez que nos cruzamos con el bueno de Vasco fue para conocerle, recién llegado a Chiapas. Vasco lucía una mirada escéptica, a través de la cual pudimos conocer, un poco mejor, la realidad de aquellas tierras. Fue en La Pipa de Marcos, novela gráfica con la que descubrimos a Javier de Isusi, un joven arquitecto que un buen día decidió que lo suyo era contar historias con viñetas.
Una decisión acertada viendo los frutos que ha dado lugar su trabajo.
En esta nueva entrega, Isusi lleva a nuestro héroe hasta Nicaragua, concretamente a Ometepe, una isla situada en el lago Cocibolca, y que da título a la obra. La elección de éste no es gratuito, ya que el cómic comparte con el Peter Pan de James M. Barrie una misma estructura narrativa. Tanto los personajes de esta novela juvenil como los episodios de los que se compone hallan su reflejo en el tebeo que tenemos entre manos, sólo que adaptándolos a la realidad nicaragüense. Así, tanto Peter Pan como los niños perdidos son niños de la calle, mientras que el papel de villano que el Capitán Garfio desempeña en el clásico recae aquí en el director de un centro infantil de acogida subvencionado con dinero extranjero proveniente de apadrinamientos, cuyo nombre, Holly Roger, tiene reminiscencias piráticas (la Jolly Roger es un diseño de bandera pirata). Los paralelismos que pueden hacerse entre ambas obras son numerosos, no sólo en lo concerniente a personajes (el fundador de la institución, por ejemplo, es el reverendo Roger Hooker, al que curiosamente le falta una mano, como al malvado Garfio -Hook-), sino también en lo relativo a las situaciones en las que se ven envueltos (así, la escena en la que el alter ego de Peter, Chico Corto, le pide a Wendy, aquí una chica francesa que trabaja en una cooperativa agraria, si puede ser su mamá). Pero Isusi no se ha quedado aquí, no, sino que, como dice en una entrevista publicada en el blog Entrecomics, su idea era seguir una estructura narrativa paralela a la de la obra de Barrie.
Pero las referencias van más allá de la novela Peter Pan, si bien ésta constituye la base de la historia que nos cuenta el autor bilbaino. En La Isla de Nunca Jamás encontramos un episodio que nos remite a El Principito de Saint-Exupery, y me atrevería a decir que la cita de Mark Twain que abre el cómic no sólo alude al escenario en el que se desarrollará la acción, Ometepe, sino que los planes de Tom Sawyer, uno de sus personajes más conocidos, pueden verse correspondidos con los de Chico Corto.
La obra está impregnada de un sentido de lo maravilloso que usualmente vinculamos a la infancia. Parece como si Isusi quisiera arrastrarnos a este estadio vital que hemos dejado atrás con los años, a fin de abandonar, aunque sólo sea por el breve instante que dure la lectura, todo ese conjunto de valores que vamos adquiriendo a medida que nos hacemos mayores. Digamos que lo que nos quiere decir el autor es algo así como ¡Quitémonos todas las máscaras que nos ponemos de adultos e intentemos volver a ver con la mirada de un niño!
El elemento fantástico es omnipresente, impregnando el conjunto de la obra, ya sea en forma del referente constituído por la obra de Barrie como en una parte constitutiva del carácter del pueblo retratado. La realidad indígena queda atestiguada, no sólo en los recientes hechos históricos a los que se hace alusión, sino también en una tradición narrativa oral a reivindicar, donde la fantasía ocupa un lugar preeminente, de cuyo ejemplo Isusi nos brinda Flores en el Viento, una excelente historia corta guionizada por Luciano Saracino que encontramos al final del cómic.
Da gusto encontrar en el cómic cómo conviven a la perfección distintas modalidades narrativas que se corresponden con grafismos también diferentes. Tan pronto estamos ante un cómic de línea clara, como pasamos a un relato de corte legendario narrado haciendo uso de un figurativismo propio del arte indígena, como luego Chico Corto nos cuenta la historia de su vida con un estilo gráfico naive que nos remite directamente a nuestra infancia. La transición es envidiablemente fluída, de forma que el lector no ve entorpecida la lectura de forma alguna.
Decía al principio de estas líneas que, en mi opinión, Isusi había superado a su maestro. Porque el Corto Maltés de Hugo Pratt es el referente primero del Vasco de Isusi. Ahora bien, esta Isla de Nunca Jamás me la creo, a diferencia de lo que he leído del autor italiano. Corto posee un potencial simbólico que le coloca (reitero lo personal de esta afirmación) por encima del contenido de sus historias. Éstas son el punto flaco del personaje, lo cual es una verdadera lástima, algo que, afortunadamente no sucede en las aventuras protagonizadas por Vasco. El ritmo narrativo es el adecuado para no perder al lector por el camino, cosa que no creo que se pueda decir a grosso modo de los álbumes del maltés.

En definitiva, La Isla de Nunca Jamás constituye un buen compendio de las mejores virtudes que podemos encontrar en un cómic de aventuras que va más allá de los tópicos del género, abriéndose a diversas lecturas donde tienen cabida desde una voluntad documental no exenta de crítica, aspecto que ya encontrábamos en la anterior entrega de Los Viajes de Juan Sin Tierra, La Pipa de Marcos, a la afirmación de una concepción vital donde fantasía y humor son imprescindibles para enfrentar el día a día. ¿Para cuándo la tercera entrega?

The Abandoned, de Ross Campbell




El género de zombies está de moda, o al menos eso parece deducirse de lo que nos vienen ofreciendo últimamente medios como el cine o el cómic. Así, cuando algo se sale de la norma habitual de sangre y cascajo bien vale detenerse un momento y prestarle un poco de atención. Como me ha sucedido recientemente con The Abandoned, un cómic firmado por Ross Campbell y publicado en Estados Unidos por TokyoPop.

A Campbell le hemos conocido recientemente por estos lares después de que Norma editorial publicara el primer volumen de su Wet Moon, serie actualmente en curso en Yankilandia y con la que The Abandoned comparte algunos puntos en común. Con anterioridad habíamos podido ver alguna que otra ilustración para el juego de rol Exaltado.


The Abandoned apareció inicialmente publicitada como una serie de tres volúmenes de los que finalmente sólo aparecería el primero (desconozco si el autor tiene previsto continuarla algún día) y constituye un buen ejemplo de lo que os comentaba al principio.


La historia nos sitúa en las cercanías de Savannah, en el sureño estado de Georgia y tiene como protagonistas a diversos jóvenes que se ven envueltos en una situación de pesadilla: a raiz de una noche durante la cual un huracán azota la pequeña población todo habitante por encima de los 23 años pasa a convertirse en un muerto viviente de forma completamente inexplicable. Así comienza la lucha por la supervivencia de Rylie, la heroína principal, y de sus amigos.


Sí, en efecto, estamos ante una historia de zombies, pero no al uso, ni mucho menos. De hecho, el autor parece estar más interesado en presentar un grupo de personajes y establecer entre ellos relaciones que puedan resultarnos convincentes, un poco en la línea que ya hemos podido ver en otra serie que se ha ganado el favor del público lector, y que no es otra que Los muertos vivientes, de Robert Kirkman. Otro detalle original reside en la misma naturaleza del grupo protagonista, integrado por jóvenes que o bien todavía se encuentran en la adolescencia o bien apenas la han pasado, a incluir, al menos en lo que respecta a algunos de ellos, dentro de ese segmento de población estadounidense conocido como white trash, y cuya estética, si bien se halla influída por la que encontramos en Wetmoon, se caracteriza por cierto toque grungie. Por otro lado, debe destacarse el peso que ostentan las relaciones personales en el tebeo, a mencionar específicamente la naturalidad con que se trata el tema de la homosexualidad.


Todos estos factores aunados al buen hacer de Campbell consiguen involucrar al lector en la trama, al tiempo que le ayudan a entender mejor todo lo que está pasando. El único problema es el ritmo narrativo, que considero un poco lento en la primera parte del cómic, donde se presenta a los personajes, si bien enseguida adquiere dinamismo y acaba finalmente por deparar un buen balance entre momentos de acción frenética que llegan a manifestar una elevada carga dramática y momentos de reposo donde la atención se desplaza a las relaciones personales.


En el plano gráfico me gustaría poner de relieve la habilidad narrativa del autor, así como la crudeza con que plasma la violencia. En este aspecto preciso el autor se rinde a las convenciones gore del género, detalle que adquiere un gran relieve si consideramos que el cómic está impreso a dos tintas, negra y roja.


En fin, una buena historia de zombies que no va exactamente sobre lo de siempre, o sea, matar zombies, sino que se parece más a un slice of life con no muertos de por medio.

Batman, de David Lapham


Tengo personajes a los que de tanto en tanto me gusta volver. Batman es uno de ellos. Resulta curioso, y en cierta manera incomprensible, comprobar cómo una y otra vez acabo por regresar a él. Más que nada porque generalmente la lectura me resulta decepcionante en uno u otro sentido. Como me pasó hace unos pocos meses con el Monster Men de Matt Wagner. Pero no importa. Me digo que lo próximo será mejor, si bien sé que no es fácil debido a la edad del personaje. No sólo le pasa a él. Superman es otro que tal baila. Ambos llevan muchos años saliendo en los tebeos, habiendo protagonizado grandes historias creadas por autores de igual talla, de forma que cada vez es más difícil encontrar un tebeo que sea original, al menos en parte, y que además cuente con la fuerza expresiva que pudo tener en su momento un Year One, por ejemplo. O sea, uno de esos cómics que te devuelven a un tiempo y a un lugar en el que todavía sabías qué significaba ser un héroe, y lo que todavía era mejor, alucinabas con ellos.
Y porque casi me calificaría como idealista incorregible (lo cual es bastante estúpido hoy en día), decía que, en este aspecto, siempre espero que mi siguiente lectura sea mejor. De hecho, deseo que sea así. Que un día encuentre un tebeo de Batman que no me haga cuestionarme el sentido de seguir leyéndole.
Y entonces llega a mis manos la etapa en Detective Comics de David Lapham. ¿Pasaría mi examen?


A David Lapham le conocía por sus Balas Perdidas (La Cúpula), así que cuando me enteré que había escrito un arco argumental para Detective Comics no pude sino ilusionarme. Y resulta que Ramón Bach, había sido el elegido para ilustrar sus guiones. Uah, that was a must-read!
La saga fue desarrollada en Yankilandia a lo largo de los números 801 al 808 y del 811 al 814 de Detective Comics, cómics que Planeta ha publicado en tres volúmenes (del siete al nueve) de su serie regular dedicada al vigilante de Gotham.
En Ciudad del Crimen, historia en doce partes, parece evidente quién cobra especial relevancia junto a nuestro héroe. Sí, su reino, Gotham, cuyas raíces se hunden en el mismísimo infierno. Lapham parte de la injustamente olvidada Gotham, relegada las más de las veces a ser simple escenario, para insuflarle vida, un alma enferma que la troca en monstruosa aberración, pulsante, despiadada, terrible. La ciudad es, ahora más que nunca, una jungla de asfalto de una magnitud espantosa. Y las personas que residen en ella no pueden esperar librarse a su pérfido influjo, capaz de arrastrarles en una vertiginosa, descendente espiral de desesperación que no conduce sino a la muerte cuando no a un destino acaso peor. Lapham recurre a ese mundo que conoce tan bien y que le dio a conocer. Una ambientación propia de una serie negra sucia, cruda, mezclada con algo de pulp. Estas líneas maestras impregnan la historia y cada uno de sus componentes. Las miserias de la condición humana que encontramos documentadas por doquier, nos proporcionan una perspectiva más realista de lo que viene a ser habitual en un tebeo de superhéroes, aunque no nos engañemos, los convencionalismos del género siguen estando ahí.
Aun así, el resultado es peculiar, y en lo que a mí respecta, hasta chocante. Probablemente se deba a mis anteriores lecturas de otros cómics de Batman, donde la concepción del vigilante era más clásica, más apegada a su faceta mítica. En comparación, esta Ciudad del Crimen es un jarro de agua fría (aunque, como digo, sigue siendo un simple cómic de superhéroes, con todo lo que ello implica). Precisamente en lo que respecta a Batman, Lapham incorpora un enfoque interesante, el del héroe falible, tema que está presente desde las primeras páginas que abren la saga. El hombre murciélago se ve forzado a aceptar sus limitaciones, y todos sabemos cómo es Wayne... En efecto, lo que para el común de los mortales es algo habitual, para Batman supone un esfuerzo sobrehumano. El héroe, enfrentado a su error, trata por todos los medios de compensar el mal que no ha podido evitar, cayendo en una dinámina malsana, obsesiva, en la que a una resignación dictada por las circunstancias le sigue un arrebato incontrolable de rabia coronado por una súbita explosión de violencia catárquica que permite devolver las aguas al curso de la aceptación. Por otro lado, a esta perspectiva del personaje cuanto menos interesante, Lapham suma, y de paso recupera, el carácter detectivesco que da nombre a la colección. Batman es, en efecto, un detective con un caso que solucionar. El problema es que no está a la altura de su excelente fama como tal, lo cual nos remite a la historia.
Independientemente de las motivaciones que muevan a Batman en esta Ciudad del Crimen, lo cierto es que Lapham nos presenta un enigma que nuestro héroe deberá resolver. Un enigma con múltiples ramificaciones que en última instancia concierne a toda Gotham. Una trama vertebradora de relativamente sencilla explicación, que se adorna en exceso, yuxtaponiendo subtramas que, en ocasiones, sólo inciden tangencialmente en aquella, cuando no son un ardid tramposo que, como todo engaño que se precie, se descubre al final. Me pregunto si la considerable extensión de la saga (recordemos, doce partes) no habrá sido el motivo para engalanar el conjunto. Lo que no deja lugar a dudas, es que nos podíamos haber ahorrado algún que otro número. Números de relleno que, todo sea dicho, sólo aportan ambientación siguiendo la línea maestra que os comentaba un poco más arriba, al tiempo que ponen en evidencia las dotes detectivescas de nuestro protagonista hasta tal punto que casi resulta ridículo. Otro problema, éste acaso más acuciante que el de la paja, es el de una parte de la resolución, centrada en el desenmascaramiento del villano que ha traído de cabeza al pobre Bats. ¿Por qué después de marear tanto con este nuevo enemigo, que responde al nombre de El Cuerpo, no nos dejan claros sus antecedentes así como los pormenores de su plan? Qué queréis que os diga, pero me sabe a desenlace precipitado. Y si a todo ésto le añadimos una estructura narrativa fallida, donde las subtramas se entremezclan en una maraña confusa de la que participan excesivos secundarios, y un ritmo narrativo irregular, el resultado es un guión que, sin hacer agua del todo sí que acusa sus defectos de forma evidente, y no sólo durante la lectura sino que también una vez finalizada la misma.




Por todo ello, sorprende este trabajo de Lapham, habida cuenta de otras obras suyas que había podido leer. Menos extraño me resulta el control que DC ejerce sobre la mayor parte de los autores que abordan su universo, saco en el que debemos incluir a Lapham, y que le obliga a echar mano de algún que otro truco tramposo. Una verdadera lástima.
Pero no todo van a ser reproches. La historia, pese a todo, se deja leer, y a mí personalmente me enganchó, si bien, a medida que transcurría la acción y se iban desvelando secretos (ese homenaje a la novela de Jack Finney, adaptaciones cinematográficas aparte), mi interés fue disminuyendo, y reconozco que al final deseaba que acabara ya de una vez.
Por lo que respecta al dibujo, al parecer Lapham se ocupó presuntamente de los bocetos, que Ramón Bachs acabó de perfilar, si bien me gustaría saber a qué se están refiriendo con layouts porque muy poco del autor de Balas Perdidas veo yo en esta Ciudad del Crimen. De una forma u otra, Bachs realiza un buen trabajo, en consonancia con ese carácter al que he aludido un poco más arriba donde la ambientación pasa de ser mero telón de fondo a casi un personaje más.
En resumidas cuentas, una nueva decepción que se suma a las últimas lecturas que he hecho del personaje. Y pese a todo, sigo con ganas de leerme alguna cosilla más del Señor de la Noche. Lo dicho, masoca.